Confesiones. Pecado

Las lágrimas caían sin control de los ojos de Eleonor, como si una represa hubiera sido abierta por alguien que luego olvidó cerrarla. Las sensaciones de Cameron se mezclaron, el deseo físico disminuyó para confundirse con la ternura y la necesidad imperiosa de protegerla. No soportaba ver a una mujer llorar y eso, sumado a las emociones intensas que esa muchacha que tenía frente a él le había revelado, lo dejaban desconcertado y muy deprimido. 
Se apartó de ella, esquivando cualquier tipo de contacto que lo volviera a hacer arder como hacía unos instantes. Fue en ese momento que notó la mancha de sangre en la pollera de la chica, a la altura del muslo; se sobresaltó, sintió cierto pudor, pues no sabía si ella estaba pasando por esos días y no había tenido los recaudos necesarios. Pronto, ella misma corroboró que estaba equivocado; al ver que tenía la pollera manchada se puso nerviosa y levantó un poco la falda. Cameron quedó impresionado de ver que una mujer tan delicada como ella fuera capaz de martirizar su cuerpo de esa manera. Al mismo tiempo, recordó que su ingreso como miembro del Opus Dei ya era casi un hecho, y que si no lograba controlar y reprimir sus deseos pecaminosos saldría por la misma puerta por la que ni siquiera acababa de entrar. En lugar de enfurecerse como esperaba, la visión de ese muslo desnudo, lastimado de esa forma, lo excitó.

Otra vez la luz de alarma se encendió en su cabeza. Emociones y sensaciones con las que no había pensado cruzarse en su vida lo estaban atormentando, haciéndole sentir un placer y una necesidad de llevarse por los deseos que su cuerpo le estaba pidiendo a gritos satisfacer.

Ni siquiera tuvo fuerzas para reprenderla, tenerla delante provocó que todo lo que pensaba hacer o decir se volviera del revés. Le ordenó a la hermana Eliza, su secretaria, que llevara a Eleonor a su habitación; e hizo venir de inmediato al médico para que la curara, y se encargara de convencerla de abandonar su auto castigo hasta que la pierna estuviera más recuperada.

El día transcurrió como una tortura. Se obligó a no pensar en ella, intentando erradicar la imagen de su pierna desnuda de la cabeza, para impedir que sus instintos se desbocaran y volvieran a evidenciar la intensa excitación que lo consumía. Todo el tiempo estuvo al tanto de la evolución de Eleonor. Así se enteró que la atacaba una fiebre muy alta, debido la infección que su método de autocastigo le había provocado. Estaba seguro que con los antibióticos que el médico le había recetado, más la curación y el reposo que le recomendó encarecidamente, pronto estaría recuperada.

Al final del día no le quedó más remedio que recurrir a una ducha helada para apagar la combustión que su cuerpo estaba sufriendo, a pesar de todo su auto control. Si bien logró sentirse más relajado y tranquilo, decidió recurrir al látigo que tenía oculto en el fondo del closet. Con cada golpe seco y doloroso en su ancha espalda pretendía redimirse de cada pensamiento lujurioso respecto de la hermana Eleonor. Sin embargo, cuanto más fuerte se castigaba, más la deseaba y más intenso era el dolor de la represión en su cuerpo.
Tampoco ella la pasó nada bien ese fatídico día. La fiebre le subió mucho y comenzó a sentir un dolor atroz en la pierna. Cuando el médico de la congregación llegó a verla, la hermana Eliza ya se había encargado de quitarle el cilicio y de hacerle las primeras curaciones; también la ayudó a ponerse un camisón blanco de manga larga, que la cubría hasta los tobillos. La fiebre le hizo perder el sentido, cuando logró recuperarse ya tenía el muslo vendado de manera profesional y la hermana Eliza insistía en hacerla tomar la medicación; después volvió a quedar dormida, aún no le había bajado la temperatura y diminutas gotas perlaban la piel de su cara.

Al parecer el alivio tardó en llegar, su cama estaba revuelta y su bella pierna había quedado descubierta mostrando el vendaje que cubría la lesión. Así la encontró Cameron cuando, ya sin poder controlar el deseo por el que clamaba su cuerpo, llegó de forma sigilosa y sin ser visto hasta su habitación.

Cerró la puerta con lentitud y, del mismo modo, se acercó hasta ella sin poder apartar los ojos de su pierna flexionada, tan blanca, tan sensual, que había escapado a la sabana que la cubría. Su sexo nuevamente cobró vida propia y el dolor del deseo se hizo cada vez más intenso. Se sentó al borde de la cama y con lentitud posó la mano sobre la venda que cubría su mulso y la acarició. Ella pareció sentir su presencia, gimió y enseguida sus pezones resaltaron bajo la tela blanca del camisón. 
El sacerdote se paso la lengua por los labios resecos, al tiempo que su mano siguió acariciándole el muslo en su recorrido lento bajo la ropa. La piel de Eleonor era suave y ardiente, despedía un olor a deseo que llegaba hasta él y lo encendía de una forma abrasadora. Ella volvió a gemir cuando su mano llegó a los rizos abundantes y rebeldes de su pubis; él emitió un jadeo ronco al encontrarse con la sorpresa de que no llevaba ropa interior. Ya no pudo ni quiso detenerse, sus dedos comenzaron a explorar sin ver, guiándose solo por el instinto, el deseo y el rastro húmedo que los fluidos de la chica dejaban en sus dedos. Otro gemido de los labios femeninos lo inflamaron más, al tiempo que sus dedos recorrían los labios vaginales inflamados y sensibles. De repente, Cameron sintió su mano aprisionada por la de ella, que la guiaba más a lo profundo de su centro, animándolo a desflorarla y hacerla suya. Levantó los ojos y se encontró con los de ellas, brillosos por la fiebre y el deseo; y con sus labios entreabiertos, húmedos, lujuriosos, que repetían su nombre y suspiraban de una forma que lo estaban enloqueciendo.

―Cameron…por favor…―. Le suplicó, liberando su mano aprisionada y abriendo sus piernas.
Su pecho subía y bajaba debido a la respiración acelerada. Un sonido ronco salió de la boca del sacerdote, cuya excitación estaba ahora siendo acariciada y sopesada por sobre la tela del pantalón. No supo en qué momento ella había estirado su mano y se había apoderado de él, arrastrándolo a dejar en libertad sus instintos y a deshacerse de sus prejuicios sin sentido. Le levantó la falda del camisón y dejó su sexo al descubierto para él, al tiempo que ella se había apenas incorporado sobre sus codos y lo miraba desafiante; esperando a que reaccionara con rapidez ante sus piernas abiertas y el panorama de esos rizos húmedos que apenas podía ocultar la rosada forma de su inflamado clítoris, y la abertura que lo invitaba de forma hinoptizante a hacer con ella lo que quisiera.

Los ojos de uno fijos en el otro, y por unos instantes la quietud que antecede a la tormenta detuvo el tiempo. Pero fue solo por unos instantes, los justos para que el hombre decidiera dejar a un lado los principios por los que siempre se había llevado. Sus manos y sus labios besaron con lentitud el muslo lastimado de la chica en la dirección correcta, y hasta no hundir el rostro en su sexo en llamas no se detuvo.

Eleonor dejó caer la cabeza en la almohada, sus gemidos se multiplicaban al tiempo que sus dedos se enredaban en el cabello del hombre que estaba saciando la sed de ambos con su lengua. Ya no importaba la fiebre ni el dolor, no le importaba dar el paraíso por perdido con tal de tenerlo una sola vez dentro de ella, de pertenecerle para siempre.

Otra vez la miró, con la vista nublada por la sinrazón de la pasión, con los labios húmedos y brillantes por los fluidos femeninos que acababa de probar. Ella lo miró expectante, con el temor de que otra vez sus principios quisieran ponerlo en vereda, pero no, otra vez lo vio inclinar la cabeza y sintió su lengua lamer la piel de su vientre y subir hasta su ombligo. Con sus manos fue subiendo el camisón hasta que se lo quitó por sobre la cabeza, sin dejar de besar y acariciar sus turgentes pechos, sin parar de estimular sus pezones doloridos.

Eleonor estaba al punto de inflamarse de deseo, prendida a su cuello, intentando quitarle la ropa mediante movimientos torpes y apurados, sin poder lograrlo. Al fin sus rostros quedaron frente a frente, él sobre ella capturando sus ojos, respirando con dificultad sobre su boca, sin decidirse a hundirse en ella. La mano femenina acarició su rostro con suavidad y él le besó la palma en un movimiento rápido. Ella gimió y al ver esa boca tan cerca ya no hubieron más dudas, ya era imposible seguir negándose a la realidad: la deseaba con cada fibra de su ser y ya no podía seguir soportando el llamado de su cuerpo.

Se quitó la ropa con rapidez ante la mirada ansiosa de ella, que lo esperaba desnuda y dispuesta. Poco a poco su cuerpo de hombre bien formado y excitado quedó al desnudo ante sus ojos. Suspiró, recorriéndolo con lentitud, y pareció perder el aire cuando se detuvieron en su miembro erecto, imponente en su excitación dolorosa y negada.

Cameron se arrodilló entre sus piernas y sus dedos comenzaron a delinear la forma de su sexo, de su clítoris, arrancándole gemidos y jadeos sensuales y atrevidos; no podía apartar los ojos de ese rostro, donde un gesto de placer descansaba en los ojos cerrados y la boca entreabierta. Y ya no pudo resistir más, con suavidad su boca recorrió su cuerpo y quedó sobre ella, con la punta de su inflamado y dolorido miembro en la entrada a su intimidad, dudando a último momento si desflorar los principios que ambos habían sustentado hasta ese momento.

Las manos de Eleonor acariciaban sus caderas, presionando para que la penetrara, para que se despojara de esos pensamientos que ya no tenían sentido.

―Ya no dudes…no ahora―apenas pudo susurrar ella, con los ojos entornados, mirando su boca. Pasó la rosada lengua por sus labios y él gimió―. Padre, ya no me haga suplicarle más…―gimió en su oído, lamiéndole el lóbulo de la oreja.
Sus dedos recorrieron con suavidad la espalda húmeda de Cameron hasta llegar a sus hombros, donde las marcas de su autocastigo estaban impresas de forma tajante.

Se miraron a los ojos, ella sonrió y se mordió el labio inferior. Ahora entendía que también él había pasado por su calvario personal antes de llegar hasta sus brazos. Enmarcó el atractivo rostro con las manos y lo acercó a su boca, lo besó suavemente primero y luego su lengua jugueteó entre los labios masculinos, rozando sus dientes y al fin trabándose en una lucha sensual y lasciva con sus labios.

Al fin lo que tanto deseaba se iba a realizar. Sintió el miembro caliente, húmedo y duro, amoldarse a su centro; ambos gimieron al tiempo que él comenzó a penetrarla con lentitud, controlando los arrebatos que el deseo intentaba dominar. Cameron sentía que la punta de su pene se deshojaba, resbalando con extremo cuidado en el surco que parecía succionarlo, primero con dificultad y luego, de pasado el dolor inicial, con un deseo que ya no pudo mantener bajo raya.

A ella no le importaba el dolor, solo lo quería dentro; jugueteaba con su cabello y gemía quedamente bajo su boca, moviendo de forma sensual sus caderas para tirar por la borda esa delicadeza que el insistía en mantener para no lastimarla.


4 comentarios:

Paty C. Marin dijo...

"En lugar de enfurecerse como esperaba, la visión de ese muslo desnudo, lastimado de esa forma, lo excitó"

Esa frase me ha roto, jajajajaja. Por un momento he pensado que al padre le gustaba jugar duro :P (ya me entiendes, tengo la mente un poco oscura)

Ains... lo has dejado en la parte más interesante! Necesito saber como acaba, ¡y como sigue! Buena historia, me encantan las historias de amores imposibles (o sexo imposible) con anhelos insatisfechos. Desando saber más :D

Besos!!

Maga DeLin dijo...

Al fin se dio!!

Los mato si era un sueño, eh, ojito :-P
Qué indecisión la de este Camarón, ya me estaba preocupando que fuera tan aguafiestas, jaja.

Excelente, Patito, a ver cómo sigue esta historia, a darle fuerte con el flagelo ;-)

Lourdes dijo...

¡Hola Patricia! Había leído hace tiempo el primer capítulo y no había podido seguirlo. Uff que calor, maravillosas descripciones. Muy buena historia.
Cariños,Lou.

Emi dijo...

Hola soy nueva por aquí he descubierto tú blog por casualidad y esta historia me a encantado para cuando el siguiente capitulo, lo esperare ansiosamente muchas gracias por compartir un besito guapetona y no dejes nunca de escribir lo haces muy bien y con mucho sentimiento.

Enlázanos.